Los datos del telescopio espacial Hubble revelan que el declive comenzó hace 500 millones de años, y que hace sólo 40 millones de años la producción estelar se redujo bruscamente a la mitad.
Andrómeda, nuestra galaxia vecina, esa con la que chocaremos dentro de varios miles de millones de años, está dejando de formar nuevas estrellas, hasta un 80% menos de las que ‘fabricaba’ hace sólo 500 millones de años. Y en astrofísica, una galaxia en la que ya no nacen estrellas es, a todos los efectos, una galaxia muerta.
Por supuesto, esto no es algo que ocurra de la noche a la mañana. Pero lo cierto es que la inmensa espiral que domina nuestro vecindario cósmico ha entrado en lo que parece ser una lenta e inexorable agonía. Situada a unos 2,5 millones de años luz de la Tierra, Andrómeda, de tamaño similar a nuestra Vía Láctea, está lo suficientemente cerca como para que podamos estudiarla al detalle. Y eso es justo lo que ha hecho un equipo de astrónomos de la Universidad de Washington, con unos resultados sorprendentes.
El estudio, publicado hace apenas unos días en ‘The Astrophysical Journal’, muestra que el declive galáctico se ha venido gestando en tiempos ‘recientes’, a lo largo de los últimos 500 millones de años. Por aquel entonces, Andrómeda convertía su inmensa reserva de gas y polvo en nuevas estrellas a un ritmo de una masa solar al año, una cifra muy similar a la tasa actual de nuestra propia Vía Láctea. Pero esa tasa fue decayendo lentamente hasta que de pronto, hace alrededor de 40 millones de años, cayó bruscamente a la mitad. Hoy en día el panorama es desolador: Andrómeda apenas produce una quinta parte de la masa de nuestro Sol al año.
El registro fósil estelar
¿Cómo sabemos todo esto con tanta precisión? El astrónomo Ben Williams, coautor del estudio, lo explica de forma muy gráfica: «Necesitamos medir las estrellas individuales porque son el registro fósil de la formación de la galaxia. Hubble es el único telescopio que puede darte una resolución espacial lo suficientemente alta sobre un área lo bastante grande para poder hacer eso en Andrómeda».
Para descifrar este monumental registro, los investigadores combinaron los datos de dos ‘barridos’ del Hubble, dividiendo el disco galáctico en miles de ‘parcelas’ de 300 años luz de lado. En total, analizaron el color y el brillo de unos 200 millones de estrellas individuales.
Las estrellas más masivas y jóvenes brillan en un intenso color azul, queman todo su combustible en un ‘parpadeo’ y estallan apenas unos pocos millones de años tras su nacimiento. Por el contrario, las estrellas menos masivas ahorran su combustible y están diseñadas para aguantar miles de millones de años brillando con un tono rojizo antes de consumirse y acabar reducidas a rescoldos ultradensos, como las frías enanas blancas.
Debido a estas diferencias, si una parcela espacial está llena de estrellas azules, la ciencia nos dice que ha habido un ‘baby boom’ estelar reciente. Pero si predominan las rojas, significa que la ‘fábrica’ lleva mucho tiempo cerrada. Al aplicar esta lógica parcela a parcela, los astrónomos descubrieron que el ‘apagón’ de Andrómeda está impulsado principalmente por la pérdida de fuelle en un colosal anillo formador de estrellas situado a 32.000 años luz del centro galáctico.
M32, el sospechoso habitual
Lo más intrigante de todo es que el frenazo cósmico no parece deberse a una falta de «materia prima», que aún abunda en toda la galaxia, sino más bien a una especie de ‘fatiga’ sistémica. Hace unos 2.000 millones de años, Andrómeda experimentó un estallido violento de formación estelar, probablemente tras chocar con otra galaxia. Como explica Tobin Wainer, autor principal del estudio: «Es como cuando terminas de correr un maratón, a veces necesitas parar a tomar aire».
Pero hay otro actor en la sombra: M32, una de las pequeñas galaxias satélite de Andrómeda. «Una de las mayores motivaciones de este programa de observación fue probar las interacciones potenciales entre M32 y el disco de Andrómeda», subraya Zhuo Chen, otro de los firmantes. Los datos, de hecho, revelaron que en la región galáctica más cercana a M32 la creación de estrellas se desplomó aún más, empezando su declive hace unos 60 millones de años. «No podemos decir explícitamente que estemos viendo una disminución en la formación estelar debido a M32. Pero está ahí mismo, y definitivamente es el sospechoso más probable», sentencia Wainer.
Nuevos ojos en el cielo
Lo anterior es una prueba más de lo mucho que aún ignoramos de nuestro propio rincón del Universo. Tal y como reflexiona el astrofísico Raja GuhaThakurta, también coautor de la investigación, «Andrómeda es importante porque es una vecina lo suficientemente cercana como para que podamos verla con gran detalle y, al mismo tiempo, obtener una perspectiva global».
Por suerte, el lanzamiento inminente del telescopio espacial Nancy Grace Roman, previsto para el 30 de este mismo mes de agosto, cambiará las reglas del juego. Su inmenso campo de visión, cien veces mayor que el del Hubble en el infrarrojo cercano, permitirá fotografiar a nuestra vecina moribunda al completo en un solo vistazo, dándonos un asiento en primera fila para observar el apagón definitivo de nuestra gigantesca vecina.
Fuente: ABC