Hallan un robot europeo que se perdió en Marte hace 11 años

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En 2003, el equipo de la sonda Beagle-2, liderado por el Reino Unido, daba por perdido al robot al no recibir comunicaciones. Las búsquedas de Mars Express y la misión Mars Odyssey de la NASA no lograron localizar a la sonda, por lo que los científicos terminaron pensando que se había estrellado durante el aterrizaje.

Sin embargo, más de una década después, el módulo de aterrizaje ha podido ser identificado en las imágenes tomadas por la cámara de alta resolución del Mars Reconnaissance Orbiter (MRO) de la NASA. Los científicos han podido ver que el módulo está parcialmente desplegado en la superficie marciana, lo que demuestra que la entrada en el planeta fue exitosa y el aterrizaje no había fallado, como habían vaticinado en 2003.

«Estamos muy contentos de saber que Beagle-2″ aterrizó en Marte. La dedicación de los diferentes equipos en el estudio de imágenes de alta resolución con el fin de encontrar el módulo de aterrizaje es inspirador», declaró Álvaro Giménez, director de Ciencia y Exploración Robótica de la Agencia Espacial Europea (ESA).

La búsqueda en las imágenes de alta resolución fue llevada a cabo inicialmente por Michael Coron, un ex miembro del equipo de operaciones de la Mars Express en el Centro de Operaciones Espaciales de la ESA (ESOC), en Darmstadt, Alemania. Sin embargo, los menos de dos metros de ancho que tendría la sonda completamente desplegada hizo muy difícil la tarea y, finalmente, la encontraron cuando la resolución de las cámara HiRise del orbitador de Marte llegaban a su límite.

«No saber qué había pasado con Beagle-2 nos mantuvo siempre preocupados. Entender el estado actual de la sonda y saber que hizo todo el camino hasta la superficie es una excelente noticia», dijo Rudolf Schmidt, director del proyecto Mars Express de la ESA por aquel entonces.

Un airbag mal separado

El Beagle-2 se encuentra dentro de la zona de aterrizaje prevista, en una gran cuenca cerca del ecuador marciano llamada Isis Plantia, a una distancia de alrededor de 5 kilómetros del punto que se había fijado. Según ha explicado a EL MUNDO Álvaro Giménez, «sólo se abrieron dos paneles». La opción que más se baraja es que «el resto de los pétalos se hayan enganchado con alguno de los airbags, que podría no haberse separado de la forma correcta», concluye.

Sin embargo, según cuenta el director, «al no disponer de datos de abordo» todavía no pueden asegurarlo con certeza y por ello seguirán analizando otras muchas imágenes recogidas por el orbitador. «La resolución de las imágenes obtenidas no nos permite estar seguros, pero confiamos en poder encontrar los airbags en otras fotografías y, si no es posible, lo intentaremos en el futuro, cuando tengamos mayores resoluciones», explica Giménez.

El despliegue parcial explica por qué nunca se recibieron señales del módulo de aterrizaje: se necesitaba un despliegue completo para liberar la antena de radio y que ésta pudiese transmitir datos o recibir órdenes desde la Tierra. Giménez afirma que, desafortunadamente, no hay posibilidad de recuperar a Beagle-2 ni a sus datos.

La opción de que los rovers Curiosity y Opportunity realicen un diagnóstico es, para los científicos, prácticamente imposible, pues se encuentran muy lejos del módulo de aterrizaje del Beagle-2. Para Álvaro Giménez «sería algo excesivo teniendo en cuenta el valor añadido de la misión». Sin embargo, enviar a un nuevo rover hasta la sonda sí podría ser una posibilidad, pero todavía «deben valorar si vale la pena». Por ahora, Giménez asegura que las posibilidades son «prácticamente cero».

No obstante, la buena noticia es que ahora que los investigadores saben que la sonda ingresó con éxito en la superficie del planeta rojo, pueden asegurar que este hecho dará un impulso a la siguiente fase de exploración marciana de la ESA, con futuras misiones ExoMars en 2016, pues podrán aprender de los errores cometidos con Beagle-2. «Ahora debemos averiguar toda la información posible para saber dónde está el fallo y reforzar esos sistemas en las próximas misiones», concluye Giménez.

El Mundo

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